De cierta manera, Manuel Ferrol nació sintiendo la sal del mar y el ardor del viento sobre su piel: hijo de un torrero* en Cabo Vilán, conocida como una de las zonas más peligrosas de la Costa da Morte, en Galicia, “por lo que siempre vivíamos en la frontera del mar, y a veces (recuerdo los grandes temporales) creo que dentro del mismo mar, convivíamos con la vida y la muerte”.

Testigo inocente del drama que fue para todos los españoles la Guerra Civil, Ferrol recuerda: “Las vivencias más trágicas de mi vida las conocí cuando sólo tenía 12 años, en Cabo Silleiro, donde aparecían a diario, tirados en las cunetas, los cuerpos de los paseados** en 1936.

Eran hombres jóvenes, muertos todos de un tiro en la sien. También me producía una gran impresión, cuando ocurría algún naufragio, los cadáveres de los ahogados flotando sobre las aguas, que eran cubiertos, por mi madre, con sábanas”. A los 25 años de edad decidió ingresar en la Escuela de Náutica de A Coruña, pero pronto desistió para dedicarse a la fotografía entusiasmado por su amigo Juan Castuera. Fue esa una decisión crucial en su vida. “En 1950 empecé a ganarme la vida con esto de la fotografía y monté mi primer taller en Betanzos. Mis primeras obras remuneradas eran retratos de niños a domicilio...”.

Además de realizar retratos colaboraba con varios medios de la región, “Gaceta Ilustrada”, “Arriba”, “La Hora” y “Vida Gallega”, además de una incursión en cine. Pero un cambio trascendental en su vida habría de producirse el 27 de noviembre de 1957, cuando por encargo de un sacerdote de la Comisión Católica de Emigración, debe ir la Estación Marítima del puerto de A Coruña para documentar con su Rolleiflex el embarque de emigrantes gallegos en el trasatlántico “Juan de Garay”.

“Yo viajé en algunas ocasiones a bordo del trasatlántico Juan de Garay desde Coruña a Vigo, última escala antes de la travesía a América —le confesó Ferrol al periodista español Santiago Romero poco antes de su muerte— y en cuanto el muelle se perdía de vista, todos desaparecían y se hacía un silencio sepulcral. Parecía un barco fantasma. Pero podía ser peor. A muchos de estos pobres emigrantes, que salían por primera vez de su remota aldea, los timaban sin piedad: los tenían toda la noche dando vueltas por la ría de Vigo y los bajaban por la mañana en Cangas, diciéndoles que estaban en América”.

Fue entonces que la escena se construyó por designio del destino ante sus ojos: Xan Calo abraza por el cuello a su hijo Xurxo, con los rostros quebrados por el llanto en el momento que despiden a la madre y dos hermanos del primero, quienes parten con el sueño de una nueva vida. Ahí, en ese instante, Ferrol tuvo la sensibilidad de generar una imagen que habría de construirse en un ícono del tremendo y profundo dolor ante la separación de las familias. “Lo que yo no sabía era que me encontraría con aquellas escenas, eran de un dramatismo espectacular. En vez de llevar la Leica, que tenía que llevarla la altura del ojo y la gente se podía asustar, usé la “Rolleiflex”, porque con esa miraba desde arriba, escondida.

De esta manera, la gente no se espantaba y así pude captar todo el dramatismo y todo lo que allí sucedió ... Hay una mujer bostezando, eso da idea de que esas gentes venían quizás el día anterior, no habían dormido demasiado tiempo, estaban con la emoción, con la tristeza. La espera era larga, aquello se hacía interminable porque empezaban a preparar los papeleos por la mañana y el barco no salía hasta por la noche”. Manuel no supo entonces quienes eran los protagonistas de aquella célebre imagen. Recién varios años después, a fines de los 1980, los tres fueron reunidos por Antón Reixa en un programa de la Televisión de Galicia. El encuentro fue tenso, “alguien les dijo que yo me había hecho millonario con las fotos” cuando lo cierto es que, como sucede con muchas fotografías célebres, no ganó dinero con ellas e, incluso, en Buenos Aires el escritor Eduardo Blanco Amor las publicó con su firma. “Gracias a este año 1957, sin duda uno de los años más cruciales de mi vida profesional, me pude marchar en 1958 a estudiar fotografía a color en el Hamburger Photo Schule y el año siguiente fui nombrado corresponsal de TVE en Galicia”. Santiago Romero señala.

“Entre los oropeles de una Coruña convertida en corte veraniega de Franco y la lucha por la boda o el reportaje de cada día (donde se batió más de una vez el cobre frente al propio director de la revista Hola, Jaime Peñafiel), Ferrol hizo de sí mismo un personaje”. Llegó a montar un laboratorio a bordo del yate Azor del Generalísimo, y se comenta que era uno de los pocos que se atrevía hablar con él en “galego”.

En “150 años de Fotografía en España” (Lunwerd Editores), Publio López Mondéjar, al analizar la obra de los fotógrafos españoles de la posguerra, señala que un grupo de forma espontánea, sin ningún tipo de academicismo ni artificialidad, mostraron a “las gentes de la época y la realidad de sus escenarios cotidiano” y agrega que “un caso singular es el de Manuel Ferrol, retratista de estudio y reportero, que en 1957 realizó un espléndido reportaje sobre la emigración con los únicos recursos de su intuición y su talento. Ferrol emplea un lenguaje conciso y directo, al servicio de un mensaje cargado de profundo patetismo: rostros desenfocados, composición heterodoxa, figuras fuera de foco, luces saturadas... Todo un conjunto de “errores” y “carencias técnicas” que, no sólo mermaban la eficacia narrativa de las fotografías sino que incluso enfatizaban su dramatismo”.

Manuel Ferrol murió en el año 2003, jamás perdió la sencillez de un hombre que transcurrió su vida de acuerdo a sus principios, generando una obra trascendente, en una época que mientras otros fotógrafos se desesperaban por llamarse a sí mismos “artistas” el prefería decirse “reportero”.

Notas: * Torrero: guardián de faro. ** Paseados: eufenismo para mencionar a las personas detenidas ilegalmente y ejecutadas por diversos escuadrones del bando nacionalista. Quizá el más célebre de “los paseados” es el poeta Federico García Lorca.